2005, Informes de indicadores, Productos

Estadísticas, indicadores y medidas han sido desde hace años instrumentos esenciales del funcionamiento de los estados modernos. Los indicadores económicos y demográficos han permitido la organización de las sociedades, por lo menos, desde aquel empadronamiento memorable decretado por los romanos hace más de dos milenios. Entre nosotros, los esfuerzos de la Comisión Corográfica por contar a nuestros ciudadanos y saber dónde estábamos parados, y más tarde la organización del Banco de la República y luego del DANE, condujeron a la organización de las cifras esenciales. Los censos, la definición de la paridad frente al dólar, el cálculo de los índices de costo de vida y de inflación permitieron la gestión de la economía y de la política. Cualquiera de estos indicadores es resultado de muchas mediciones y conteos, normalizaciones y revisiones, y detrás de la inocente cifra se esconde un enorme trabajo teórico y empírico respaldado por acuerdos internacionales.

En el campo de la ciencia y la tecnología, los indicadores son mucho más recientes. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, y con la fundación de la National Science Foundation en Estados Unidos y en Brasil del Conselho Nacional de Desenvolvimento científico e tecnológico -CNPq- en 1950 y 1951 respectivamente, se emprendió la tarea de medir la actividad científica. Un avance importante se hizo en 1963 cuando expertos de los países miembros de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo -OCDE-, se reunieron en Frascati, Italia, y produjeron el hoy llamado Manual de Frascati, que se ha convertido en el protocolo más aceptado internacionalmente para estos fines. Desde entonces ha sido revisado seis veces, y la versión más reciente es del año 2002. Así se organizaron las cifras para recoger y usar datos sobre gasto y recursos usados para las actividades de investigación y desarrollo. Lo que se ha puesto en evidencia es que medir gasto en ciencia y tecnología es mucho más difícil que en otras áreas, especialmente cuando se quiere llegar a comparaciones internacionales. En los últimos cuarenta años se han desarrollado otros manuales, conocidos como la Familia Frascati.

El más reciente es el Manual de Oslo, para medir la innovación tecnológica, publicado a comienzos de la década del noventa. A partir de este manual se hizo una versión -cooperación entre la OEA, COLCIENCIAS, el CYTED, la RICYT y el naciente Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología-, publicada en agosto de 2000, titulada Manual de Bogotá, adaptada a las condiciones latinoamericanas que ha comenzado a convertirse en estándar en la región.

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Estadísticas, indicadores y medidas han sido desde hace años instrumentos esenciales del funcionamiento de los estados modernos. Los indicadores económicos y demográficos han permitido la organización de las sociedades, por lo menos, desde aquel empadronamiento memorable decretado por los romanos hace más de dos milenios. Entre nosotros, los esfuerzos de la Comisión Corográfica por contar a nuestros ciudadanos y saber dónde estábamos parados, y más tarde la organización del Banco de la República y luego del DANE, condujeron a la organización de las cifras esenciales. Los censos, la definición de la paridad frente al dólar, el cálculo de los índices de costo de vida y de inflación permitieron la gestión de la economía y de la política. Cualquiera de estos indicadores es resultado de muchas mediciones y conteos, normalizaciones y revisiones, y detrás de la inocente cifra se esconde un enorme trabajo teórico y empírico respaldado por acuerdos internacionales.

En el campo de la ciencia y la tecnología, los indicadores son mucho más recientes. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, y con la fundación de la National Science Foundation en Estados Unidos y en Brasil del Conselho Nacional de Desenvolvimento científico e tecnológico -CNPq- en 1950 y 1951 respectivamente, se emprendió la tarea de medir la actividad científica. Un avance importante se hizo en 1963 cuando expertos de los países miembros de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo -OCDE-, se reunieron en Frascati, Italia, y produjeron el hoy llamado Manual de Frascati, que se ha convertido en el protocolo más aceptado internacionalmente para estos fines. Desde entonces ha sido revisado seis veces, y la versión más reciente es del año 2002. Así se organizaron las cifras para recoger y usar datos sobre gasto y recursos usados para las actividades de investigación y desarrollo. Lo que se ha puesto en evidencia es que medir gasto en ciencia y tecnología es mucho más difícil que en otras áreas, especialmente cuando se quiere llegar a comparaciones internacionales. En los últimos cuarenta años se han desarrollado otros manuales, conocidos como la Familia Frascati.

El más reciente es el Manual de Oslo, para medir la innovación tecnológica, publicado a comienzos de la década del noventa. A partir de este manual se hizo una versión -cooperación entre la OEA, COLCIENCIAS, el CYTED, la RICYT y el naciente Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología-, publicada en agosto de 2000, titulada Manual de Bogotá, adaptada a las condiciones latinoamericanas que ha comenzado a convertirse en estándar en la región.

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